Generalmente, se ha clasificado a la depresión en dos
tipos: trastorno depresivo mayor y
el trastorno distímico. Existen también otros tipos (más leves), los
cuales serán clasificados más adelante. El trastorno
depresivo mayor o grave se caracteriza por síntomas que incapacitan a la
persona para trabajar, estudiar, dormir, comer, y deleitarse de las actividades
que anteriormente generaban placer; lo que conlleva a que no se desempeñe con
normalidad en sus actividades cotidianas. Este trastorno es heterogéneo, es
decir tiene más clasificaciones. Generalmente, una persona puede tener episodio
de esta enfermedad, con tendencia a que este recurra durante toda su vida.
Dentro de estos episodios depresivos está la depresión melancólica. A diferencia de los otros, este puede
diagnosticarse con facilidad. Se define como una cualidad del estado de ánimo
relacionado a la “falta de reactividad del humor, anhedonia, empeoramiento
matutino, despertar precoz, alteraciones psicomotrices, anorexia o pérdida de
peso significativas, sentimientos de culpa inapropiados y buena respuesta a los
tratamientos biológicos (antidepresivos y TEC), así como nula respuesta al
placebo” (Alarcón, Gea, Martínez, Pedreño,
& Pujalte, 2010) . Los cuadros de depresión más graves
pueden empeorar con sintomatologías psicóticas, causando una depresión psicótica, que viene
acompañada del rompimiento de la realidad, alucinaciones, y delirios. La
depresión mayor no melancólica es probablemente indistinguible cualitativamente
de la distimia y padecen de otros trastornos mentales. Dentro de este grupo,
está la depresión atípica, que la
padecen las personas con una mala respuesta a los antidepresivos tricíclicos
como la amitriptilina, amoxapina, desipramina, doxepina, imipramina,
nortriptilina, entre otros (Alarcón, Gea, Martínez, Pedreño,
& Pujalte, 2010) .
El trastorno
distímico o distimia se
caracteriza por síntomas de mayor intensidad y duración (dos años o más). Éste
podría no incapacitar a la persona como el trastorno depresivo mayor, pero sí
impedirle el desarrollo de una vida normal o estar de buen estado de ánimo. Las
personas que la padecen podrían tener uno o más episodios de depresión grave en
su vida. Se estima además que el 20- 30
% de los pacientes con trastorno depresivo grave, también tienen los síntomas
de la distimia, cuadro clínico conocido como depresión doble. Así también como
un 40 % de las personas con distimia podrían desarrollar depresión mayor según
la evolución de la enfermedad
Se podría desarrollar depresión como un efecto colateral o secundario
por el uso de un fármaco o por el padecimiento de otra enfermedad. Por ejemplo,
si le es diagnosticado a un paciente cáncer, y su reacción desarrolla una
depresión, tendría una depresión
psicógena[1].
No obstante, si una persona desarrolla una depresión que viene
fisiopatológicamente ligada al cáncer, tendría una depresión orgánica. Las causas más frecuentes de ésta son: las
enfermedades endocrinas y metabólicas (p. ej. enfermedad de Addison, diabetes,
cáncer), enfermedades infecciosas (p.ej. SIDA, neumonía, hepatitis),
enfermedades neurológicas (p.ej. demencia tipo Alzheimer, Parkinson, Esclerosis
Múltiple), colagenopatías (lupus, artritis reumatoide), el uso de fármacos
neurológicos y psicofármacos (carbamacepina, fenitoína, amantadina), esteroides
entre otros. Hay otros tipos de depresión, pero son menos graves que los
anteriores. Se calcula que entre el 10 y 15% de mujeres sufren depresión posparto dentro del primer
mes de dar a luz. Por último, el trastorno afectivo estacional o TAE, como su
término lo indica, se trata de un tipo de depresión que aparece durante los
meses del invierno o cuando hay poca luz solar natural. Puede tratarse con
terapia de luz o en casos más graves con antidepresivos o psicoterapia (Alarcón, Gea, Martínez, Pedreño, & Pujalte,
2010) .
Cualquier tipo de depresión anteriormente mencionados son
tratables, aún en los casos más graves. Mientras menos tiempo se espere para
comenzar las terapias, sería menos complicada de tratar. Cabe recalcar que otras
condiciones médicas (como la infección de un virus o trastornos de tiroides)
tienen la misma sintomatología, por lo que se recomienda asistir a un médico,
el cual sometería al paciente a exámenes físicos, entrevistas y pruebas de
laboratorio
Entre los efectos secundarios están dolores de cabeza,
náuseas, insomnio, problemas sexuales, entre otros. Sin embargo, en el 2004 la
Administración de Drogas y Alimentos o FDA, realizó una investigación
exhaustiva en 4.400 pacientes de toda edad que tomaban antidepresivos y
concluyó en que el 4% de estos individuos tuvieron pensamientos suicidas o
intentaron suicidarse. Para evitar este tipo de contrariedades, existen
placebos o remedios caseros como el extracto de hierba de San Juan (Hypericum perforatum L.) para tratar los
casos de depresión más leves (Instituto Nacional de la Salud Mental, 2009) . La psicoterapia es
una opción efectiva. Dependiendo de la gravedad del caso, puede durar entre 10
semanas hasta algunos años, y destacan la terapia cognitivo-conductual[1] y
la terapia interpersonal[2].
La psicoterapia podría ser la mejor opción para tratar casos leves o moderados.
En el caso que ni los medicamentos o la psicoterapia ayuden en el tratamiento,
en casos más graves se recurre a la terapia electroconvulsiva o de choque. En
ésta, se le aplica un relajante muscular, se le anestesia y recibe un pulso
eléctrico indoloro (Instituto Nacional de la Salud Mental, 2009) .
[2] Cambia sus estilos negativos de pensamiento y de comportamiento que
pueden contribuir a su depresión.
[3] Ayuda a entender y resolver relaciones personales problemáticas que
pueden causar o empeorar su depresión.

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